Vida de Madre Josefa

Santos y Beatos


Josefa Hendrina Stenmanns : Tres momentos importantes de su vida

 

Su vida en Issum antes de ingresar 

Hendrina Stenmanns nació en Issum, Bajo-Rhin, Alemania, el 28.05.1852 como hija mayor de 7 hermanos, de los cuales 2 fallecieron. Estudió la enseñanza básica completa, y el tiempo que se preparó para la Primera Comunión participó con tanto fervor en la catequesis que sus apuntes de las catequesis, copiados con letra muy prolija, servían a todos sus hermanos para la preparación a este sacramento. Su padre era sastre y a partir de los 114 años, ella colaboró con el ingreso familiar trabajando en la casa como tejedora de seda para paraguas. Su proyecto era hacerse religiosa franciscana como su tía en el cercano pueblo Kapellen, pero como era de estatura pequeña, pensó que esto podría ser un impedimento para ser admitida. Luego estalló la lucha por la cultura (Kulturkampf), su tía falleció y las religiosas fueron expulsadas de Alemania. Su objetivo se tornó irrealizable, pero encontró una solución: se hizo terciario franciscana.

Luego en 1878, antes de Navidad falleció su mamá. Hendrina le prometió en el lecho de muerte que iba a cuidar de sus hermanos, de los cuales el menor tenía solo 8 años. 
De esta manera quedó momentáneamente ligada a su familia y su parroquia. Pero no se entristeció, ni se intranquilizó por esto. Había en ella una actitud firme y serena que se nutría de una profunda confianza en Dios.

En este tiempo aparece con claridad un segunda aspecto: su preparación al ingreso en Steyl se concretó en la realización de obras buenas.

 Hendrina pertenecía a la parroquia de San Nicolás, santo conocido como patrono de las obras buenas, auxiliador y bienhechor en las más diversas necesidades. ¿Hasta qué punto se habrá grabado su ejemplo en Hendrina? En su camino a la escuela y a la parroquia debía pasar delante de una ermita con una gran estatua del santo. Más de una vez se habrá detenido allá.

 Orientada por su madre, Hendrina aprendió desde temprana edad a descubrir los necesitados de su ambiente y a ayudarles. Con el tiempo llegó a ser una especie de “centro asistencial” para los enfermos, moribundos y pobres de Issum. Muchas veces acompañaba a los moribundos noches enteras o se turnaba con los familiares del enfermo para aliviarlos. Era su manera de imitar a san Nicolás.

 Su capacidad de ver las necesidades y problemas ajenos, de ayudar con naturalidad y sencillez, sin ser vista, se iba volviendo una característica de su persona. Fue tan grande su caridad que en el pueblo la llamaban el “Ángel de la Caridad.” Una placa conmemorativa que se encuentra hoy en su casa paterna lleva la siguiente inscripción:”La gran bienhechora de su pueblo natal.”

 Ayudó a un aprendiz de su padre, con nombre, Alberto Welbers, para reunir el ajuar y el dinero requerido para poder ingresar como alumno en Steyl. De esta manera llegó a formar parte del grupo de las numerosas bienhechoras de la nueva Casa Misional.

Debido a la gran gratitud que Arnoldo Janssen sentía por los bienhechores, la invitó a visitar Steyl para la fiesta de Pentecostés. En esta ocasión participa en la adoración de las “40 horas”.

Su sentido práctico experimentado le hace advertir que las Hermanas de la Providencia atendían la casa ayudada por una señorita. Según testimonio posterior, Hendrina se llenó de santa envidia hacia esa mujer sencilla (Ana Sicke) a la que le era dado servir, desde los últimos puestos a la obra misional de la Iglesia.


En una próxima visita encontró además a Helena Stollenwerk como ayudante de cocina y se enteró que ellas deseaban ser misioneras. Así brotó con fuerza su antigua vocación y pidió admisión a Arnoldo Janssen, sabiendo que anhelaba ser enviada algún día como Hermana Misionera. 
Llegó a la Casa Misional de Steyl el 12 de febrero de 1884, uniéndose a Theresia Sicke y Helena Stollenwerk en los trabajos de la cocina y pronto fue seguida por una cuarta: Gertrud Hegemann.
Lo que impresionó a Hendrina en forma imborrable en sus visitas en Steyl fueron las devociones de la comunidad y especialmente sus oraciones de la noche. (Semejante le pasó a Helena Stollenwerk y al P. José Freinademetz).

 

 

Su rol e importancia en la joven Congregación

 El tiempo largo de espera terminó con el día de la fundación oficial de nuestra congregación, que queda establecida el 08. 12. 1889, día de ingreso al postulantado de las sirvientas (originalmente 4) que habían aumentado a 6 postulantes.

Todos los miembros de la congregación naciente eran postulantes, Hendrina y Helena incluidas. El primer período Helena era la coordinadora y Josefa su asistente.

Hendrina, Madre Josefa como segunda al lado de M. María Helena, esta es la imagen que probablemente tenemos de la M. Josefa, pero no es toda la verdad.

Cuando habían pasado al noviciado en 1892, a Hendrina, (ahora Hna. Josefa) se le encomendó también el cargo de maestra de postulantes. Hendrina con su modo maternal era la indicada para introducir a las jóvenes en la vida religiosa; a partir de 1895 ésta fue su tarea principal hasta 1898. Por espacio de casi 7 años inició a la vida religiosa a las recién ingresadas; se puede decir que formó a toda la primera generación de Hermanas, recibiéndolas y acompañándolas con su modo simple, bondadoso y amable; formándolas en el pensar, orar y vivir según el espíritu apostólico que ella llevaba en sí, que conoció en Arnoldo Janssen y que desde entonces seguía profundizando.

 No sólo como maestra de postulantes, sino también como asistente tuvo una marcada influencia sobre las Hermanas jóvenes, porque le tocaba supervisar el creciente movimiento laboral, cuidando ante todo que las Hermanas congeniaran entre sí, que las más ágiles orientaran a las lentas y, al mismo tiempo las hicieran entrar en su ritmo. (No conoció el término “trabajo en equipo” pero el contenido de ese, lo vivió y practicó.) Tenía a su favor un buen talento organizador y sentido agudo para los quehaceres domésticos. 

Testimonios posteriores y recuerdos de las Hermanas confirman la importancia que tuvo para muchas el haber sido asistidas en los comienzos de su vida conventual por la Madre Josefa y su ejemplo simple y silencioso. Sobre todo disponía de una rica sensibilidad, lozanía, naturalidad, equilibrio y serenidad, tenía sentido maternal, intuición, prudencia, capacidad para compartir, y paciencia en el proceso de maduración de personas jóvenes. “Sabía amoldare a todas. Se alegraba con las alegres, se entristecía con las tristes”. (Hna. Benedicta) Supo unir delicadeza, prudencia, decisión. Gozaba de la confianza de las Hermanas, sabía corregir y animar y además era muy práctica en la organización de los trabajos y mantenimiento de la casa.

 

En el año 1894 las primeras 12 novicias, entre ellas naturalmente las Hermanas María Helena y Josefa, vieron coronados sus esfuerzos con la consagración de sus vidas en los primeros votos; y el año siguiente, 1895 las primeras cinco misioneras fueron enviadas a la Argentina.

En 1898 Hna. Josefa había asumido la dirección de la joven congregación después del traspaso de Hna. María Helena a la clausura y era una verdadera madre para sus Hermanas que ya se habían insertado (además de Argentina en 1895), en Togo, África en 1897. Cuando hubo que elegir la sucesora de la M. María Helena, entonces de acuerdo al criterio unánime de las Hermanas, sólo ella fue tomada en consideración por dominar todas las actividades, tener una acertada visión global del campo laboral y poseer la capacidad de guiar la comunidad en su rápido crecimiento.

 En sus cartas a las Hermanas podemos ver que también se ubicaba rápidamente en las situaciones particulares y los cambios por los que atravesaban las distintas Hermanas y las nuevas comunidades en ultramar: en 1899 - Nueva Guinea, en 1901 - USA y en 1902 - Brasil, de intuirlos y de acompañarlos desde lejos. Estaba orientada hacia las personas, se relacionaba constantemente – con Dios y las demás personas. Por ser una persona orientada hacia los demás, llegaba al corazón de las personas.

 Así como Arnoldo Janssen formó hombres que podían continuar su obra, la Madre Josefa formó mujeres que eran capaces de llevar la responsabilidad y continuar en su espíritu.

En la Casa Madre en Steyl le tocó la tarea sumamente penosa, pero para la cual Dios la había preparado desde joven. En los años alrededor de 1900 la comunidad fue probada por muchas enfermedades, y a la Hna. Josefa le tocó preparar a muchas hermanas jóvenes para la muerte a causa de una epidemia de tuberculosis. Enfrentó esta cruz, desde el día en que asumió el cargo hasta el día en que ella misma se fue a la casa del Padre, víctima del asma y de otras complicaciones.

 

 

Su enfermedad y muerte

 En octubre de 1898 la Madre Josefa habló por primera vez de su pronto envejecimiento, pero que se sentía muy bien. Consideró la elección como superiora como una carga. Por el frío de invierno de 1899-1900 M. Josefa ha debido sufrir varios resfríos fuertes. Desde entonces no se sabe nada sobre su estado de salud hasta abril 1902. A partir de este tiempo, sin embargo habían signos preocupantes en su enfermedad. Tenía una fuerte tos y se resfriaba fácilmente y sufría de reumatismo. Ella no dio gran importancia a su enfermedad, no obstante su debilidad fue en aumento durante el verano. En septiembre de 1902 su estado desmejoró, probablemente por un enfisema pulmonar. El 22 de septiembre experimentó fuertes dolores en los costados y fiebre alta. Entre altos y bajos, a mediados de diciembre la tos iba disminuyendo, pero comenzaron los ataques de asma.

En los días de la enfermedad se puede ver claro su crecimiento interior. Hay que tener presente que M. Josefa pertenecía a una época en que buscar un médico o elegir un especialista era algo extraordinario, y que la gente sencilla no podía permitirse. Se ayudaba con medios caseros y se pedía consejos a aquellos que habían pasado por la misma enfermedad o debilidad y la superaron. Ante todo se buscaba refugio en la oración, entonces la salud y enfermedad tenían una perspectiva distinta, más integrada a la vida y aceptada con fe.

 Lo que no hay que pasar por alto de M. Josefa es cómo ella hizo frente a la muerte. No descartó los pensamientos de la muerte, sino que vivió con ellos y hacia ellos. Se supo preparar con mucha serenidad, porque veía en la muerte una llamada de Dios para la cual hay que estar preparado. El espíritu que tenía al inicio de su enfermedad, está expresado en una carta a la M. Andrea en Argentina: “Sólo si cumplimos fielmente con nuestras obligaciones, podemos presentarnos cuando el Señor nos llama. Recemos cada día: ¡Pronto está mi corazón, oh Dios, pronto está mi corazón!” (Sal. 57,8;)

 Que haya conocido la angustia de la muerte es normal; con contemplar la cruz, cada cristiano puede ver lo que Dios quiere pedir en la última hora. Por este temor pidió a su familia una peregrinación al Santuario de la Virgen de Kevelaer. Expresó de tiempo en tiempo también la esperanza de recuperar la salud. Con la entrega con que se preparó para la muerte, también tomó en serio la preparación para este último paso con la recepción del sacramento de los enfermos (que le fue administrado por el P. Arnoldo mismo el día 26 de enero de 1903), la oración personal y el pedido de la oración de las demás, como también la despedida de las Hermanas y de sus familiares.

Cuanto más se aproximaba su final, tanto más permanecía en una prolongada oración. Arnoldo Janssen habló sin inhibición sobre el cielo, le encargó saludos a sus conocidos y ella se alegraba sobre eso. A la pregunta de las Hermanas si oraba siempre, contestó que no sabía, pero que le parecía que oraba siempre. Es muy significativo, considerando la falta de aire y la lucha por la respiración que son propios del asma, que ella supo unir cada respiración con la súplica por el Espíritu Santo, el hálito divino, y que nos dejó como exhortación que cada respiración de una Sierva del Espíritu Santo debe ser “¡Ven, Espíritu Santo!”

Su estado de salud se iba complicando con problemas renales, Estuvo muy grave, aunque con pequeñas mejorías, durante los meses siguientes y el 20 de mayo al mediodía entregó su vida tan suavemente como si se durmiera.
El P. Arnoldo de dio el título póstumo de Co-fundadora.
 

 

Espiritualidad de la Madre Josefa

Lo característico de la espiritualidad de la Madre Josefa es la sencilla mirada de fe, que le hace ver todos los acontecimientos a la luz de Dios, sus ojos de fe reconocen en todo la manifestación de la voluntad de Dios.


Para la Madre Josefa, la imagen de Dios es la del Padre bondadoso, cuya guía amorosa se percibe tanto en los acontecimientos exteriores como interiores. Ella siente la cercanía de Dios en los quehaceres de cada día y exhorta a las misioneras a la confianza en las dificultades. Sabe que su amor incluye cruces y exige sacrificios, esfuerzos y sudores.
El desprendimiento de todo lo que no es Dios, le hace posible encontrarlo en todas las cosas y en todo momento. Tenía solo un deseo, una aspiración; que se cumpla la voluntad de Dios.
Es característico de la vida y de la espiritualidad de la Madre Josefa pedir las luces del Espíritu Santo, que la ilumine y conduzca donde El, desde la eternidad acordó conducirla. "No pretendo nada, sino ser, con la gracia de Dios la última y ofrecerme como sacrificio para la obra de la propagación de la fe". De la experiencia vital, de ser amada por Dios desde la eternidad y considerada en sus divinos designios, brota la conciencia de su llamado y de su misión. Ese Dios-Amor determina toda su vida y su ser; a El se entrega con confianza incondicional.

La imagen de Cristo que tiene, el Hijo de Dios que se hizo hombre se ofreció al Padre como sacrificio para la obra de la propagación de la fe y el Sembrador de la Palabra Divina e su identificación con Cristo, como el grano de trigo, que cae en tierra y muere para dar fruto.
La confianza en el Espíritu Santo, la disponibilidad de dejarse moldear y guiar por El, para que la vida eterna, todo sea oración y ofrenda.


En lo profundo de su ser, por una sencilla y cariñosa mirada de corazón, al Dios Uno y Trino, que verdaderamente está presente, la Madre Josefa está unida a ÉL mediante la oración continua. Es allí donde percibe su unión con Él. El deseo y anhelo de consagrarse totalmente al amor divino y ponerse a su disposición estaban tan andado enraizado en ella, que llegó a ser imagen de la autoentrega a Dios. La oración preferida "Dios Espíritu Santo, a tu amor y gloría consagro toda mi vida".

La Madre Josefa estaba unida a Dios en el centro de su ser por eso su bondad tenía esa fuerza extraordinaria de irradiación. Poseía en talento innato, gran prudencia y un juicio seguro. Su exterior, armonía y paz es el reflejo de la interioridad de su alma, que vive en la constante actitud de entrega a Dios y a su voluntad. 

 

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