CONSAGRADOS PARA EL SERVICIO DE FRATERNIDAD
1. Introducción
Permítanme comenzar dándoles la bienvenida a todos a esta “Asamblea sobre la Vocación del Hermano en la SVD”. Con doble alegría lo hago, ya que PHS, el lugar de la asamblea, es mi antigua provincia. Yo fui en un tiempo Provincial de esta provincia -- aunque no por mucho tiempo (más o menos un año y medio) -- y fui miembro de esta provincia desde el tiempo de su creación en 1982. También estuve en el Consejo Provincial por dos periodos. Así pues, bienvenidos a la Asamblea, bienvenidos a Cebú, bienvenidos a PHS.
Me gustaría dividir esta ponencia en dos partes. Primero, una descripción corta del estado presente de la vocación del Hermano en nuestra Congregación, y en segundo lugar, una breve reflexión sobre el tema de la asamblea: “La vocación del Hermano y el Diálogo Profético”. Pero déjenme comenzar con el trasfondo de esta asamblea.
1.1. Debatir la Vocación del Hermano.
Como sabemos, nos hemos reunido aquí para esta “Asamblea sobre la Vocación del Hermano en la SVD” en respuesta a una recomendación del último capítulo general de 2006. La recomendación 3.5. dice: “Que la administración general entrante organice una Asamblea general sobre la Vocación del Hermano durante el próximo sexenio”. Recordamos que, aparte de esta recomendación, el último capítulo general aprobó otras dos resoluciones que mencionan a los Hermanos. La primera, que implicó un cambio de nuestras constituciones, fue la Resolución 1.2: “Adecuada Presencia de Hermanos en los Capítulos Generales”. La resolución dice: “Que se añada la siguiente cláusula a la Constitución 616.3: ‘Cuando fuera necesario para asegurar una adecuada presencia de Hermanos, el Superior General, con el consentimiento de su Consejo podrá llamar a otros Hermanos que tendrán derecho a voto’”. La segunda, que fue una nueva confirmación de una resolución del anterior capítulo general del 2000, fue la Resolución 2.3. que dice: “Que todos los cargos en la Congregación sean asequibles a todos los Hermanos en votos perpetuos y, por eso, que el Consejo General, mediante la gestión del Procurador General, continúe su desempeño a este respecto y que colabore con otros institutos religiosos para urgir a los dicasterios del Vaticano a acceder a esta exigencia (ver c. 611.1)”.
Así, el último capítulo general aprobó tres resoluciones/recomendaciones importantes acerca de los Hermanos, una de las cuales es la que nos ocupa en esta Asamblea general. Aquellos de ustedes que estuvieron presentes en el capítulo general recordarán que otras cuestiones acerca de los Hermanos surgieron durante el capítulo, temas como la identidad de los Hermanos, la formación para los Hermanos, la capacitación profesional para los Hermanos, e incluso el tema de una Congregación separada e independiente para los Hermanos. El Capítulo pensó que estos temas requerían más estudio, reflexión y debate, y que el capítulo no era el lugar apropiado para tratar estas cuestiones a fondo. Así, se hizo la Recomendación 3.5. para que estas cuestiones pudieran hablarse y estudiarse más a fondo en una Asamblea. En cierto sentido, por tanto, esta Asamblea General es una continuación del último Capítulo General. Parte de su objetivo es tratar las cuestiones que los capitulares pensaron que no se podían tratar adecuadamente dentro del Capítulo.
El proceso de preparación para esta asamblea intentó poner en una perspectiva más amplia las cuestiones que surgieron en el último capítulo general a la luz de las experiencias concretas de la Congregación en las diferentes zonas. Al hacerlo así, el proceso de preparación también quiso repasar otras preocupaciones relacionadas con la vocación de Hermano en la Congregación. Espero que todas estas preocupaciones hayan encontrado su lugar en el documento de trabajo para esta asamblea y que sean tratadas suficientemente durante la asamblea misma.
1.2. Celebrar la Vocación del Hermano.
Una vez dicho todo esto, me gustaría expresar la esperanza de que esta asamblea sea una oportunidad no simplemente para HABLAR, sino aún más para CELEBRAR la vocación del Hermano en nuestra Congregación. Porque, más allá de que sea un asunto serio o una preocupación grave en la Congregación, la vocación del Hermano es, de modo más importante, un don precioso para nuestra Congregación. La vocación del Hermano no es sólo un don para cada uno de nuestros Hermanos de la Congregación, sino también para toda la Congregación como tal. La Congregación es más rica debido a la Vocación de los Hermanos y sería más pobre sin ella. La vocación del Hermano es, en verdad, parte de la identidad de nuestra Congregación. La Congregación no sería lo que pretende ser si no hubiera Hermanos en ella.
Al ser un don, la vocación del Hermano en la Congregación no es sólo el resultado de nuestros esfuerzos. Es, por encima de todo, un regalo de Dios. Por lo tanto, para renovar la vocación del Hermano en nuestra Congregación, no sólo tenemos que analizar y hablar, planear y organizar. También tenemos que desear de nuevo el don, esperarlo otra vez, estar listos para recibirlo, ser merecedores de él. Necesitamos, por encima de todo, pedir el don. Lo que es seguro es que Dios nunca retira lo que da. Pero tenemos que apreciar su regalo y preocuparnos por él. Poco importa si el regalo es grande o pequeño. Lo que es importante es que somos bendecidos con el don. Sin importar lo pequeño que sea, el regalo, si es realmente de Dios, es un signo de su gracia y su favor. No importa lo pequeño que sea, el regalo de Dios siempre será significativo.
Espero, por tanto, que esta asamblea sea realmente una celebración de la vocación del Hermano en nuestra Congregación. Por esta razón, serán dedicadas varias sesiones a los testimonios de la vida y trabajo de algunos de nuestros Hermanos.
2. El estado de la Vocación del Hermano en la SVD hoy.
Pero… ¿Hay razón para celebrar, dado el presente estado de la vocación del Hermano en nuestra Congregación hoy? Si nos fijamos simplemente en los números, quizá haya poca razón para celebrar. Veamos los números tanto de 1994 (año de la última Asamblea sobre la Vocación de Hermano) como de hoy, el 2009, año de la segunda asamblea.
2.1. La historia en números.
(Ver documento adjunto)
2.2. La historia más allá de los números.
Así, si nos guiamos simplemente por los números, quizás haya poco o nada que celebrar. Sin embargo, afortunadamente los números no cuenta toda la historia. Y si examinamos algún otro aspecto de la historia, creo que podemos encontrar varios motivos de celebración. Aquí, desde luego, no tenemos números o estadística por la que guiarnos. Sólo podemos guiarnos por impresiones generales.
(1) La relación Sacerdote-Hermano en la SVD.
Un primer aspecto es la cuestión de la relación Sacerdote-Hermano en la SVD. Mi impresión general es que la relación Sacerdote-Hermano en la Congregación ha mejorado enormemente desde la Asamblea General de 1994. Desde 1994 apenas hemos recibido en el Generalato algún informe de discriminación real de Hermanos por parte de sacerdotes, o alguna tensión seria en la relación entre Hermanos y sacerdotes. Si hay cualquier discriminación o tensión, son casos aislados. Creo que hemos superado la discriminación consciente o intencional y las tensas relaciones. Mi impresión, en verdad, es que la relación entre Hermanos y sacerdotes en la Congregación ha llegado a ser sinceramente fraternal. Quizá lo que necesita mejorar en esta área es el interés activo de un mayor número de sacerdotes (o de todos) por la vocación del Hermano, y por consiguiente un compromiso más consciente y concienciado de los sacerdotes en la promoción de las vocaciones de Hermano para la Congregación.
(2) Las posiciones de liderazgo en la Congregación para Hermanos.
Un segundo aspecto es la cuestión de las posiciones de liderazgo en la Congregación para Hermanos. En esto también ha habido algún desarrollo positivo en la Congregación. En el último Capítulo General, el Procurador General informó que desde 1994 hasta 2006, la Congregación presentó 42 solicitudes pidiendo un rescripto para que un Hermano pudiera asumir un cargo como superior. De ellas, 39 fueron concedidas y tres fueron rechazadas. Las tres peticiones rechazadas eran para que un Hermano asumiera el cargo de Superior de Distrito superior, viceprovincial y Superior Provincial1. En cuanto al este último caso, me gustaría subrayar el hecho de que el Consejo General en realidad había nombrado a un Hermano como Superior Provincial. Aunque la solicitud de un rescripto para este nombramiento fuera posteriormente rechazada por el Vaticano, permanece el hecho de que por primera vez en la historia de la Congregación un Hermano fuera nombrado Superior Provincial. Esto está registrado en nuestros archivos el 26 de febrero de 2002. El cargo más alto que hemos alcanzado a este respecto es el de Superior viceprovincial. Hemos conseguido que seis solicitudes para que un Hermano fuera viceprovincial fueran aprobadas por el Vaticano. Lo que todo esto muestra es que los cohermanos están ahora más abiertos a escoger a un Hermano como superior y que el Generalato ha apoyado tal actitud al intentar obtener un rescripto del Vaticano para cada uno de los casos. Creo que, aunque todavía imperfecto, es ya una expresión positiva de la c. 611.1 que declara que “En la medida en que lo permita el Derecho Universal y el nuestro propio todos los cargos de la Congregación son accesibles a todos los cohermanos en votos perpetuos.” Desde luego que todavía estamos lejos de lo ideal: No sólo que todas las solicitudes de rescripto fueran concedidas, sino que ya no hubiera necesidad de solicitar un rescripto. Esto, sin embargo, no depende completamente de nosotros. De hecho, seguimos colaborando con otras congregaciones religiosas para intentar alcanzar este objetivo.
(3) La formación para los Hermanos.
Un tercer aspecto es la cuestión de la formación para los Hermanos. Una de las recomendaciones más importantes de la Asamblea General de 1994 tenía que ver con la formación adecuada para los Hermanos. Creo que ha habido una respuesta general positiva para la puesta en práctica de esta recomendación. En el Generalato hemos recibido varias propuestas de programas de formación para Hermanos a nivel provincial, interprovincial o subzonal. A las casas de formación de Hermanos ya existentes, se han agregado algunas más desde 1994 -- Alwal en INH y, más recientemente, Kupang en IDT y Madang en PNG. Aquí en Cebú, el Centro de Formación del Verbo Divino que antes era tanto para clérigos como para los candidatos a Hermano se ha hecho exclusivamente Casa de Formación para Hermanos. Desde 1994 también ha habido más candidatos a Hermano que han participado en el programa de OTP. De la misma forma se han hecho esfuerzos en el área de la formación permanente para los Hermanos, específicamente a través de convenciones o asambleas de Hermanos a nivel provincial, interprovincial o zonal. Además, en la Congregación también ha habido un aumento (aunque modesto) de Hermanos formadores. Obviamente, hay que hacer más en esta área. Como en lo referido a todos los formadores, nunca habrá suficientes Hermanos formadores en la SVD. También, la formación de Hermanos en la Congregación ha experimentado muchos movimientos de lugar y cambios de programa. Pero esto parece ser inevitable, pues intentamos continuamente poner al día nuestra formación para los Hermanos a la luz de la reflexión permanente sobre la identidad y el ministerio de los Hermanos. La publicación del Generalato, “Ustedes son todos Hermanos” proporciona orientaciones útiles en cuanto a esto.
(4) Hermanos en las nuevas iniciativas misioneras.
Un cuarto aspecto es la cuestión de los Hermanos en las nuevas iniciativas misioneras, que fue otra recomendación de la Asamblea General de 1994. Creo que se ha hecho un esfuerzo significativo para poner en práctica esta recomendación por parte de las administraciones provinciales y por parte del Generalato. Nuestra misión en Nong Bua Lampu (Tailandia) es un importante ejemplo de esto. A los dos Hermanos que comenzaron esta misión se han unido ahora dos cohermanos sacerdotes. Nuestra nueva misión en el Chad (TCD) incluyó a un Hermano desde el principio, aunque en este momento no haya ningún Hermano en la misión. De hecho, dos Hermanos dieron sus vidas por esta misión – uno antes de alcanzar el Chad y el otro unos meses después de llegar al Chad. Un tercer Hermano sufrió un serio accidente y tuvo que volver a su Provincia de origen para su tratamiento y recuperación. La misión de MOZ comenzó con cuatro sacerdotes, pero pronto llegaron dos Hermanos, aunque sólo uno permanezca en la actualidad. Nuestro equipo en LUMKO cuenta con un Hermano. CAM tiene un Hermano en votos perpetuos y otro Hermano en OTP. ING tiene dos Hermanos en votos perpetuos y uno en votos temporales. En cualquier caso, los contratos con los obispos o las diócesis ahora normalmente incluyen un artículo que declara que “Los Hermanos son parte integral de nuestra Congregación y por tanto pueden ser destinados a la parroquia, misión o ministerio que se confía a la SVD”.
(5) El compromiso continuo de los Hermanos.
Por último (pero en ningún caso menos importante) está el compromiso continuo de los Hermanos en la vocación del Hermano en la SVD. A pesar del reducido número, seguimos teniendo Hermanos que permanecen comprometidos con su vocación y realizan su misión en alegre servicio. Aunque de vez en cuando algunos Hermanos puedan sentir alguna frustración a causa de la disminución de su número, mi impresión es que la mayor parte de los Hermanos no permiten que la disminución en el número haga aflojar su compromiso o impida su trabajo. Escucharemos varios ejemplos concretos de esto en los testimonios personales que algunos de ustedes van a dar durante esta asamblea. En todo caso, creo que este alegre compromiso continuo con la vocación del Hermano en la SVD es el recurso más importante para su renovación en la Congregación. Pido que demos atención especial a estos testimonios y discernamos de ellos un camino adelante hacia el futuro.
Y así, aún cuando los números disminuyen, hay aspectos de la vocación del Hermano en la SVD que nos permiten verdaderamente celebrar. Quizá estos elementos son demasiado pocos, o quizá no son completamente positivos. De todos modos creo que son bastantes para darnos esperanza y celebrar. Como la mujer cananea en el Evangelio de Mateo (Mt 15, 21-28), podemos quedar satisfechos con las migajas que caen de la mesa del amo. No caigamos en la tentación de mirar sólo el pan entero y no lograr ver las migajas que se nos dan. Quién sabe si nos conformamos con las migajas, quizá nos den el pan entero.
3. Consagrados para el Servicio de Fraternidad
Después de esta descripción sobre el estado presente de la vocación del Hermano en nuestra Congregación, permítanme ahora ofrecerles una breve reflexión sobre el tema de esta asamblea: “La Vocación del Hermano y el Diálogo Profético”. Me gustaría hacerlo a través de una descripción de la vocación de Hermano que es también el título que he escogido para esta ponencia: “Consagrados para el Servicio de Fraternidad”. Creo que las dos ideas principales en este título, “consagración” y “fraternidad”, se relacionan bien con la noción de "diálogo profético”. Porque la consagración religiosa implica la llamada a profetismo, y el testimonio de la fraternidad requiere un compromiso al diálogo.
3.1. Lo primero, por tanto, la Consagración.
La eclesiología del Vaticano II presenta a la Iglesia como el pueblo peregrino de Dios que básicamente está conformado por tres grupos -- el laicado, la jerarquía, y los religiosos -- fundamentalmente caracterizados respectivamente por el bautismo, la ordenación y la consagración. Obviamente, estos grupos se entrelazan en la Iglesia, ya que el laicado es la fuente de los miembros tanto de la jerarquía como de los religiosos, tanto los laicos como los ordenados pueden pertenecer a congregaciones religiosas, y algunos religiosos y laicos pueden ser llamados a servir en la jerarquía. En cualquier caso, la cosa importante a subrayar es que, desde el Vaticano II, la práctica ha sido distinguirse entre “la estructura jerárquica” y “la dimensión carismática” de la Iglesia.
Es la vida consagrada la que da expresión a la dimensión carismática de la Iglesia. Por la profesión de los consejos evangélicos, los religiosos hacen votos de seguir a Jesús más estrechamente y, así, dar expresión radical a la llamada de la Iglesia a la santidad. Aunque tiene un lugar legítimo en la Iglesia, la vida consagrada no pertenece a su estructura jerárquica (LG 43). Más bien sirve como “un contrapeso” a su estructura jerárquica -- esto es, no en el sentido de que está en oposición a la jerarquía, sino en el sentido de que muestra “una cara” diferente, otra “cara” de la Iglesia. Un modo de decir esto es que mientras la estructura jerárquica de la Iglesia manifiesta su “condición encarnacional” (es decir, el hecho que está EN el mundo, y así tiene que tratar con cosas tales como las estructuras, la autoridad, el mando, la administración, etc.), la dimensión carismática de la Iglesia simboliza su “vocación escatológica” (esto es, el hecho de que no es DEL mundo, y está llamada a testimoniar el Reino de Dios). Obviamente, esta distinción no debería radicalizarse para hacerla aparecer como una separación o una oposición. Pues, de hecho, en su ministerio, la jerarquía también debe testimoniar la vocación escatológica de la Iglesia, tal como la vida consagrada tiene que vivir su consagración en las condiciones de este mundo.
La vida religiosa, entonces, tiene que ver con la dimensión carismática de la Iglesia. Según San Pablo en 1 Cor 12, los carismas son los variados regalos que el Espíritu libremente distribuye para la construcción de la Iglesia. Los carismas implican la espontaneidad, la pluralidad, la diversidad. Esta diversidad es esencial a la Iglesia como cuerpo de Cristo. Como San Pablo dijo: “Ahora el cuerpo no es una sola parte, sino muchas (1 Cor 12,14); ¿si todos fueran una sola parte, dónde estaría el cuerpo?” (V 19). En este contexto podemos hablar de las varias formas de vida religiosa como formas de los varios carismas del Espíritu. A través de los fundadores de las congregaciones religiosas se nos dan los dones del Espíritu en respuesta a las varias necesidades de la Iglesia.
En 1 Cor 13, sin embargo, San Pablo explica que el “más excelente” de los carismas es el amor. El amor nunca falla. Los dones de profecía, de lenguas, de conocimiento, terminarán. Al final, la fe, la esperanza y el amor permanecerán; y el mayor de estos es el amor. El más alto de todos carismas también es el fundamento de la vida religiosa. Porque la consagración que entraña la vida religiosa es la consagración de uno mismo por entero a Dios -- es decir, en palabras del Deuteronomio (Dt 6,5), una consagración que implica “amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Esto está expresado en los tres votos de castidad (amar a Dios con todo el corazón), la obediencia (amar a Dios con toda el alma o toda la mente), y la pobreza (amar a Dios con todas las fuerzas).
La vida religiosa es, por lo tanto, un seguimiento radical de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre - casto, pobre y obediente. Al hacerlo así, la persona consagrada hace de Dios su riqueza verdadera, su único amor y su libertad genuina. La persona consagrada se compromete a sí misma a vivir en el presente los valores del Reino de Dios futuro. Así, la persona consagrada aporta a un testimonio contra-cultural, proclamando que el Reino de Dios implica la llegada “de un cielo nuevo y una tierra nueva”. Hay, por lo tanto, una dimensión profética en los consejos evangélicos. Porque la pobreza, la castidad y la obediencia parecen incongruentes en un mundo que valora el poder de tener y poseer, la necesidad de intimidad exclusiva y la libertad de regular la propia vida.
Desde la perspectiva del mundo, las personas consagradas aparecen como “necios por Cristo”. Como San Pablo dijo: “Nos hemos convertido en un espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los seres humanos por igual. Somos necios a causa de Cristo.... Nos hemos convertido en la basura del mundo, en el desecho de todo hasta el momento” (1Cor 4,9-10.13).
Esta reflexión tiene que ver con la cuestión de la visibilidad de la Iglesia y la consiguiente visibilidad, o la falta de ella, de los Hermanos en la Iglesia. El punto es que la Iglesia es visible en el mundo principalmente a través de su estructura jerárquica. Aunque la dimensión carismática es una parte integral de la Iglesia, no es el medio primario de la visibilidad de la Iglesia en el mundo. Por consiguiente los sacerdotes y los otros miembros de la jerarquía son percibidos como más visibles que los Hermanos u otros religiosos que pertenecen más a la dimensión carismática de la Iglesia. O los sacerdotes a menudo son considerados como “más honrosos” o “más importantes”, ya que la estructura jerárquica es la parte más visible de la Iglesia.
Pero quizá la dimensión carismática de la Iglesia no signifique ser visible de la misma manera como lo es la estructura jerárquica. O se propone ser visible sólo en su profetismo o testimonio contra-cultural. Porque, si fuera visible como lo es la jerarquía, quizá ya no sería profético o contra-cultural; perdería su vertiente profética y su capacidad para el testimonio contra-cultural. Quizá la vida consagrada es precisamente como el Espíritu Santo. Sopla donde quiere; no se ve de donde viene o a donde va. Es visible sólo en sus efectos - hombres y mujeres a quienes se les dota de poder, condiciones de vida que son purificadas o limpiadas, situaciones humanas que son ennoblecidas y dignificadas.
La Congregación entera, como congregación religiosa, pertenece a esta dimensión carismática de la Iglesia. Pero los sacerdotes de entre nosotros, en la medida en que realizan una función ministerial y ejercen un papel de pastores en la Iglesia como “ayudantes de los obispos” (LG 22), comparten también la estructura jerárquica de la Iglesia. En cierto modo, su papel profético está restringido o limitado por su función pastoral. De nuevo, esto no deberíamos verlo desde una perspectiva de “una cosa u otra”. Pues uno puede ser profético en su función pastoral y pastoral en su papel profético. Lo que quiero decir con esto es que, al no estar cargados por “el peso de la jerarquía”, los Hermanos pueden expresar más plenamente la dimensión carismática de la Iglesia y ejercer el papel profético más radicalmente. De hecho, a menudo se observa que los Hermanos viven nuestra vocación religiosa más que los sacerdotes.
Así, la misión del “diálogo profético” no es sólo algo que los Hermanos “también pueden hacer”. Antes bien, la misión del “diálogo profético” es la que los Hermanos pueden ejercer o vivir más plenamente. Sin el “peso jerárquico”, los Hermanos pueden entrar mejor en diálogo con nuestros compañeros de diálogo -- los buscadores de fe, los pobres y marginados, la gente de otras culturas y los seguidores de otras tradiciones religiosas. De hecho, la experiencia de ser una minoría en nuestra Congregación puede ser un modo de compartir concretamente la situación de vida de nuestros compañeros de diálogo.
3.2. En segundo lugar: Fraternidad.
Otro rasgo de la eclesiología del Vaticano II es que pone el énfasis en la comunión. La Iglesia es esencialmente un misterio de comunión, “un pueblo traído a la unidad de la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo” (LG 4).
La noción de la Iglesia como la comunión fluye del hecho de que está arraigada en el misterio de la Trinidad y es el fruto del envío por el Padre del Hijo y del Espíritu Santo. Toma como modelo la vida de comunión de la Iglesia primitiva, donde los creyentes eran “un sólo corazón y alma” (Hechos 4:32), compartiendo todo en común -- los bienes materiales y las experiencias espirituales, los talentos y las inspiraciones, los ideales apostólicos y el servicio caritativo (VC 42). Como tal, dice Vaticano II, la Iglesia es un sacramento de unidad -- un signo e instrumento de comunión con Dios y de unidad entre los pueblos (LG 1).
La vida consagrada revela de un modo particular esta naturaleza de la Iglesia como un misterio de comunión. Por esta razón, el exhortación apostólica post-sinodal, Vita Consecrata, presenta la vida consagrada como, entre otras cosas, un "signum fraternitatis", un signo de comunión en la Iglesia (VC, capítulo II). Según la VC, la vida consagrada es "signum fraternitatis" particularmente debido a la vida común que entraña la consagración religiosa. Citando la VC:
La vida consagrada posee ciertamente el mérito de haber contribuido eficazmente a mantener viva en la Iglesia la exigencia de la fraternidad como confesión de la Trinidad. Con la constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad. Ella indica de este modo a los hombres tanto la belleza de la comunión fraterna, como los caminos concretos que a ésta conducen. Las personas consagradas, en efecto, viven “para” Dios y “de” Dios. Por eso precisamente pueden proclamar el poder reconciliador de la gracia, que destruye las fuerzas disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones sociales (VC 41).
Pero no sólo a través de la vida común que entraña la vida consagrada. Pues hasta los que viven la vida consagrada individualmente, como los ermitaños o los miembros de institutos seculares, son también un signo de comunión en la Iglesia. Citando otra vez la VC:
La vida fraterna, entendida como vida compartida en el amor, es un signo elocuente de la comunión eclesial. Es cultivada con especial esmero por los Institutos religiosos y las Congregaciones de vida apostólica, en los que la vida de comunidad adquiere un peculiar significado. Pero la dimensión de la comunión fraterna no falta ni en los Institutos seculares ni en las mismas formas individuales de vida consagrada. Los eremitas, en lo recóndito de su soledad, no se apartan de la comunión eclesial, sino que la sirven con su propio y específico carisma contemplativo; las vírgenes consagradas en el mundo realizan su consagración en una especial relación de comunión con la Iglesia particular y universal, como lo hacen, de un modo similar, las viudas y viudos consagrados.
Todas estas personas, queriendo poner en práctica la condición evangélica de discípulos, se comprometen a vivir el “mandamiento nuevo” del Señor, amándose unos a otros como Él nos ha amado (cf. Jn 13, 34). El amor llevó a Cristo a la entrega de sí mismo hasta el sacrificio supremo de la Cruz. De modo parecido, entre sus discípulos no hay unidad verdadera sin este amor recíproco incondicional, que exige disponibilidad para el servicio sin reservas,... (VC 42).
Como parte de la vida consagrada en la Iglesia, toda la SVD -- tanto los sacerdotes como los Hermanos -- comparten esta vocación de ser un signo de comunión en la Iglesia. Pero creo que los Hermanos, cuya vocación puede ser descrita como una llamada a ser Hermano de todos, están eminentemente en posición de dar este testimonio en la Iglesia. Otra vez, se observa a menudo que, en nuestra Congregación, los Hermanos viven la vida de comunidad mejor que los sacerdotes (ya que las circunstancias a menudo obligan a algunos sacerdotes a vivir solos en una parroquia o en una estación misionera). En un sentido verdadero y profundo, los Hermanos son un “signum fraternitatis” en la Iglesia.
La noción de “diálogo profético” como una expresión de nuestra llamada a la misión hoy fluye de este entendimiento de la Iglesia del Vaticano II como fundamentalmente un misterio de comunión. La noción de diálogo subraya los varios matices del misterio de comunión. Por ejemplo:
1. El entendimiento de misión como originada en la comunión del Dios Trino mismo, y de nuestra llamada a la misión como colaboradores del diálogo permanente del Dios Trino con el mundo y con la humanidad;
2. El entendimiento de nuestro seguimiento de Jesucristo como "Socii Verbi Divini", los socios del Verbo Divino, esto es, los seguidores de Jesús que es la Palabra de Dios para la humanidad, el diálogo de Dios con el mundo;
3. El entendimiento de la misión como testimonio del Reino de Dios como un reino de amor que incluye absolutamente a todos (universalidad) y, al mismo tiempo, está abierto a la particularidad de cada persona y pueblo (diversidad).
4. Un modo de hacer la misión que se aleja “del modo de conquista”, que impone el evangelio desde el exterior, a un modo más dialogante, que permite al evangelio entrar en diálogo con las tradiciones culturales y religiosas de los pueblos;
5. Un modo de hacer la misión que procura impregnar todas nuestras actividades y nuestra entera relación con los otros con una actitud de “respeto, solidaridad y amor” (GS 3).
El diálogo profético es, por lo tanto, un modelo de misión que construye la comunión y promueve la fraternidad. Pero como dejó claro el último capítulo general, el diálogo profético describe no solamente la misión que hacemos, sino también el estilo de vida que vivimos. Así, el diálogo profético es también un modo de vivir que construye la comunión y promueve la fraternidad.
Creo que podemos adoptar para nosotros la terminología de la VC y describir la vocación del Hermano como una llamada a ser un “signum fraternitatis” en el mundo, en la Iglesia y en nuestra Congregación. “Signum fraternitatis” -- un signo de comunión, un sacramento de fraternidad, un testimonio de solidaridad, una invitación al diálogo. Muy a menudo este signo o testimonio puede ser hecho solamente por los profetas. Y por su naturaleza, los profetas son una pequeña minoría. Porque la mayoría fácilmente sucumbe a la cultura circundante o a la mentalidad predominante. Es la minoría la que por lo general alerta sobre la necesidad de ser testigos contra-culturales y así conserva el espíritu profético.
Creo que el corazón de la vocación del Hermano debe ser un “signum fraternitatis”. Lo que hace -- su profesión concreta -- importa poco. Lo que es importante es que, independientemente de lo que hace, es siempre un "signum fraternitatis" -- un signo de comunión, un sacramento de fraternidad, un testimonio de solidaridad, una invitación al diálogo. Esta vocación de ser un "signum fraternitatis" es especialmente relevante hoy -- en un mundo que a menudo está rasgado por conflictos políticos, étnicos y religiosos, en una Iglesia siempre tentada por el poder mundano y el autoritarismo, y en nuestra Congregación que a veces está ciega por el clericalismo y el exclusivismo.
4. Conclusión
Déjenme ahora concluir. Y déjenme hacerlo volviendo a donde comenzamos - es decir, al reducido número de Hermanos en la Congregación. Del 15 % al 12 % del total de miembros, del 16 % al 13 % de todos los miembros en votos perpetuos, y la mayor caída, del 14 % al 9 % de todos los miembros en votos temporales.
Ciertamente espero que esta asamblea traiga un compromiso más fuerte de parte de cada uno en la Congregación en la promoción de la vocación del Hermano. Todos deberíamos hacer lo posible por ayudar en la promoción de vocaciones de Hermanos para la Congregación. No deberíamos escatimar esfuerzos en la tentativa de atraer a la gente joven para unirse a la SVD como Hermanos. Y deberíamos hacer todo lo que podamos por cuidar a los que entran en la Congregación.
Sin embargo, una vez dicho esto, creo que también es importante ser realistas y no elevar nuestras expectativas demasiado alto. Pienso que es poco realista esperar que en el futuro nuestra Congregación otra vez rebose de vocaciones de Hermanos. Pienso que no deberíamos esperar que los Hermanos otra vez constituyan el 50 % o incluso el 30 % del total de miembros. Si podemos mejorar la situación aumentando los números al 15 % o al 20 %, creo que ya será un gran regalo de Dios. Quizá los Hermanos siempre serán una minoría en la Congregación.
Pero por eso no son menos importantes en la Congregación. Ni tampoco por eso su contribución a la misión es menos significativa. Quizá, los Hermanos en la Congregación siempre permanecerán siendo un “pequeño rebaño”. Pero Dios puede hacer grandes maravillas con un pequeño rebaño. Creo que esto es lo que vemos en la historia del pueblo elegido de Dios en la Biblia y en la Iglesia. La preferencia de Dios es para los pequeños, y Dios constantemente hace maravillas con los pequeños precisamente porque son pequeños.
Del pueblo de Israel (el más pequeño de todas las naciones) a la Iglesia primitiva (formada por pescadores pobres e incultos). De Moisés contra el Faraón y de David contra Goliat, al niño Jesús contra el Rey Herodes y Pedro y Pablo contra el Imperio romano. De Catalina de Siena contra el Emperador romano y Francisco de Asís contra el Papa, a Madre Teresa de Calcuta contra la pobreza extendida y Arnoldo Janssen contra Bismark. Los pequeños son los mejores instrumentos de Dios para realizar sus maravillas en el mundo.
El capítulo 7 del Libro de los Jueces relata cómo Gedeón se preparó para la batalla contra Madián. “Tu gente es demasiado numerosa para que yo les entregue Madián”, dijo Dios a Gedeón. Y Dios le explicó: “Israel podría gloriarse ante mí diciendo: Mi propia fuerza me ha librado” (7,2). Así, Gedeón redujo las tropas de 32.000 a 10.000 y de 10.000 a sólo 300. Armados sólo con cuernos y vasijas de arcilla con antorchas dentro, estos 300 hombres derrotaron un ejército “tan numeroso como las langostas” (7:12). Hicieron sonar sus cuernos y rompieron sus vasijas, sosteniendo sus antorchas en la mano izquierda y sus cuernos en la derecha. El campamento cayó y conquistaron Madián.
No tenemos que ser muchos para ser instrumentos poderosos de Dios. No tenemos que ser abundantes para ser significativos. Sólo tenemos que ser vasijas de arcilla listas para ser rotas y que la luz de dentro de nosotros pueda brillar para el mundo de nuestro alrededor. Que esta asamblea mantenga nuestra luz ardiendo y nos predisponga a ser rotos para Dios y para el pueblo de Dios.