Publicado el 27/02/2009 a las 01:50 pm

El auténtico ayuno, recordaba el Papa en su mensaje cuaresmal, “tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre”. Con el ayuno, agregaba el pontífice, el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

¿Someterse humildemente? ¿Sumisión? ¿Es tan mala la palabra? Sumisión significa “ponerse bajo la misión”. Por cierto el sentido cultural que ha ido adquiriendo el vocablo es claramente negativo. El término denota corrientemente la vergonzosa situación de quien sufre la imposición de una determinada conducta. Ciertamente, ningún creyente tendría problemas en someterse a la “misión si tuviera garantías de que ésta procede de Dios”. Pero, ¿quién determina cuál es esa misión?

La misión de Dios se origina en la intimidad divina y no está escrita en un manual que podemos seguir paso a paso para vencer todos los obstáculos y alcanzar el éxito. Sin embargo, aunque no está ligada a un proyecto humano o a una ideología determinada, no le es ajeno el acontecer humano.

Someterse a la misión de Dios hoy pasa por tomar verdadera conciencia de la situación que padecen muchos de nuestros hermanos. Y actuar en consecuencia, no sólo para salvar “almas” o un modelo económico, sino para rescatar a quienes los nuevos asaltantes han dejado tirados en el camino.

Hubo un tiempo en que una congregación religiosa juntaba recursos para rescatar a los cristianos capturados y esclavizados. Hoy los tiempos han cambiado, pero el drama de la esclavitud sigue latente. Los esclavos de este tiempo no están condenados a remar en la galeras, pero si, por ejemplo, a pagar intereses desmesurados por pequeñas deudas. Sólo que ahora todo parece normal y es aceptado dentro de las reglas que hemos asumido “libremente”.

Sin duda el motivo del ayuno durante esta cuaresma no puede ser sólo cómo me salvo yo y cómo puedo preservar mis ganancias de las turbulencias del mercado. La misión de Dios se nos ha revelado como la plenitud del amor en una relación familiar donde no hay exclusiones. Nadie puede quedar fuera de la fiesta del Reino. El papa cita la Primera carta San Juan que nos dice: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (1Juan 3,17). ¿Seguimos dispuestos a participar del verdadero ayuno?
 

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